REALIDAD CRUDA DE LA CIUDAD DE EL ALTO

Aitor Sáez   (El Confidencial) / La Paz

"¿Tienen nuevas?”, preguntan. "De todo.  Iniciantes y ‘sanitas’ (como llaman a las niñas vírgenes)”, responde el portero del local. Dentro del  María Mulata II  una fila de hombres circula en orden por los pasillos de un patio. A los lados, mujeres en ropa interior esperan apoyadas en sus puertas. Tan sólo se ven siluetas creadas por las luces rojas de las habitaciones. Un reggaeton estridente ensordece el ambiente. Abajo unos neones, donde se lee "Cervecería”, iluminan  una barra de bar sin clientes.  En una de las paredes, un pequeño televisor emite en bucle videos de felaciones.
 
Los hombres -la mayoría jóvenes– se aglomeran en algunas puertas. Ahí están las menores.  Las recién llegadas suelen usar gorras  y mantienen la cabeza agachada  para no ser reconocidas. Delante de sus puertas se suele colocar alguno de los proxenetas, con peto rojo, para vigilarlas. En uno de esos cuartos, de dos por dos metros, donde pende un fluorescente rojo en vertical en una de las esquinas y apenas cabe una cama y una mesita   encontramos a Angie.
 
"Al día puedo tener 25, 30 o 40 citas”, cuenta la muchacha de 16 años. Hace un año que se prostituye. Llegó de Cochabamba a La Paz con su hermana, pero ella no sabe nada. "Lo hago para  pagar mis estudios en la universidad”, justifica la menor, a quien le gustaría encontrar otro trabajo: "No me gusta acostarme con esos hombres, pero necesito la plata”, dice.
 
Angie cobra 50 bolivianos (unos  6,5 euros) por 15 minutos de sexo. Al día puede llegar a ganar 1.500 bolivianos (unos 200 euros), de los  que tendrá que entregar una gran parte a su jefe. El prostíbulo tiene unas 40 habitaciones, siempre ocupadas. Es uno de los cerca de 20 burdeles de la calle 12 de Octubre, en El Alto, a las afueras de La Paz. En esa zona se ha registrado la presencia de 240 niñas y adolescentes inmersas en el comercio sexual con un promedio de edad de 14 años y medio, según datos de la fundación Munasim  Kullakita (Quiérete  hermanita, en aymara). La mayoría de las menores pasan un corto periodo en la capital para luego ser trasladadas a otras regiones del país.
 
A la salida de La casa amarilla o La casa de los Sánchez, varios vendedores ambulantes ofrecen "maca”,  una bebida artesanal empleada  como potenciador sexual, o productos naturales para teóricamente curar la hepatitis y el VIH, así como  pornografía infantil y drogas. Por 10 bolivianos (cerca de 1,20 euros), las trabajadoras sexuales  practican sus servicios sin usar precauciones.

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