sábado, 31 de marzo de 2018

Bolivia y Chile en cifras


La Razón (Edición Impresa) / Omar Rilver Velasco Portillo
00:00 / 30 de marzo de 2018
La economía chilena brilló en los 90, década en la que su crecimiento fue de un 7% en promedio. Sin embargo, en los últimos años parece que el panorama se les puso cuesta arriba. Entre 2014-2017, Chile creció solo un 1,7%, el registro más bajo en casi cuatro décadas. Por otro lado, con una tasa de crecimiento promedio de 4,7% para similar periodo, y el segundo cuadrienio más alto en su historia luego de la vuelta a la democracia, la economía de Bolivia se ha posicionado como la más veloz de Sudamérica.
Pero el camino por recorrer todavía es largo. El PIB chileno es aproximadamente siete veces mayor que el nacional. A ese paso necesitaríamos cerca de 65 años para alcanzar la capacidad de producción actual de nuestro vecino. Empero, hemos logrado reducir las diferencias: en 2005 la brecha era de 13 veces. Este resultado también está alterado por los precios nominales con los que medimos la producción. La última revisión de las cuentas nacionales chilenas se hizo en 2013. En cambio, la boliviana data de 1990, con lo cual esta brecha en años sería mucho menor.
El PIB per cápita chileno medido en términos corrientes es de $us 14.000 aproximadamente, mientras que el boliviano asciende a $us 3.390, es decir, cuatro veces más. Pero en términos de capacidad de compra (PPP), la diferencia se reduce a tres. Cabe señalar que en la región Chile ostenta el primer lugar en este indicador y Bolivia, el penúltimo. No obstante, para el caso boliviano este indicador viene creciendo de manera ininterrumpida desde 2003 (a excepción de 2015); mientras que en Chile ha caído de manera consecutiva en los últimos años, lo que ha frustrado la aspiración del vecino país de alcanzar a países como Rusia y Portugal.
A pesar del enorme progreso económico, Chile se sitúa entre los países más desiguales de Sudamérica, solo por debajo de Brasil y Colombia. La desigualdad se manifiesta en el acceso a la educación, los puestos de empleo y la concentración de la riqueza en pocas familias adineradas. En Bolivia, por lo contrario, se redujo la desigualdad en la última década.
Una diferencia fundamental es el modelo económico. En Chile rige una economía de mercado que promueve la iniciativa privada extranjera a través de sus tratados de libre comercio y promoción de inversiones; en cambio en la economía boliviana el Estado y sus empresas públicas juegan un rol protagónico. Pero lejos de los puentes ideológicos que nos separan, tenemos estructuras productivas parecidas. El sector extractivo ocupa un lugar importante en las exportaciones. La minería del cobre representa el 45% de las exportaciones chilenas; mientras que en el país el oro, la plata y el zinc representan el 32% de nuestras exportaciones. A diferencia de Bolivia, Chile no tiene gas y debe importarlo a precios internacionales; pero irónicamente terminamos importando diésel y gasolina de aquel país. También importamos vinos chilenos, pescado enlatado, concentrado de bebidas, frutas y medicamentos; mientras que le vendemos soya.
Fuera de las divergencias económicas, tenemos también diferencias demográficas importantes. Con una población de 17 millones (6 millones más que Bolivia), el mercado chileno es mucho más grande. Pero podría recortarse porque Bolivia cuenta con la tasa de crecimiento demográfico más alta de la región (1,5%), mientras que Chile, una de las más bajas (0,8%); lo que ha impulsado a la apertura creciente de las fronteras chilenas al ingreso de migrantes, entre ellos bolivianos. En cuanto a la esperanza de vida, en Chile es de 79 años, 10 años más que en Bolivia. Pero por bueno que fuera, representa un enorme desafío previsional para el sistema de pensiones chileno.
Al margen de las diferencias, existen muchas complementaciones entre ambas naciones. La historia nos separa, pero los intereses económicos siempre nos unen.

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viernes, 30 de marzo de 2018

INVESTIGACIÓN ECONOMIA

Bolivia y Chile en cifras

Si bien a Bolivia y a Chile la historia nos separa, los intereses económicos siempre nos unen.
La Razón (Edición Impresa) / Omar Rilver Velasco Portillo
00:00 / 30 de marzo de 2018

La Razón (Edición Impresa) / Omar Rilver Velasco Portillo
00:00 / 30 de marzo de 2018
La economía chilena brilló en los 90, década en la que su crecimiento fue de un 7% en promedio. Sin embargo, en los últimos años parece que el panorama se les puso cuesta arriba. Entre 2014-2017, Chile creció solo un 1,7%, el registro más bajo en casi cuatro décadas. Por otro lado, con una tasa de crecimiento promedio de 4,7% para similar periodo, y el segundo cuadrienio más alto en su historia luego de la vuelta a la democracia, la economía de Bolivia se ha posicionado como la más veloz de Sudamérica.
Pero el camino por recorrer todavía es largo. El PIB chileno es aproximadamente siete veces mayor que el nacional. A ese paso necesitaríamos cerca de 65 años para alcanzar la capacidad de producción actual de nuestro vecino. Empero, hemos logrado reducir las diferencias: en 2005 la brecha era de 13 veces. Este resultado también está alterado por los precios nominales con los que medimos la producción. La última revisión de las cuentas nacionales chilenas se hizo en 2013. En cambio, la boliviana data de 1990, con lo cual esta brecha en años sería mucho menor.
El PIB per cápita chileno medido en términos corrientes es de $us 14.000 aproximadamente, mientras que el boliviano asciende a $us 3.390, es decir, cuatro veces más. Pero en términos de capacidad de compra (PPP), la diferencia se reduce a tres. Cabe señalar que en la región Chile ostenta el primer lugar en este indicador y Bolivia, el penúltimo. No obstante, para el caso boliviano este indicador viene creciendo de manera ininterrumpida desde 2003 (a excepción de 2015); mientras que en Chile ha caído de manera consecutiva en los últimos años, lo que ha frustrado la aspiración del vecino país de alcanzar a países como Rusia y Portugal.
A pesar del enorme progreso económico, Chile se sitúa entre los países más desiguales de Sudamérica, solo por debajo de Brasil y Colombia. La desigualdad se manifiesta en el acceso a la educación, los puestos de empleo y la concentración de la riqueza en pocas familias adineradas. En Bolivia, por lo contrario, se redujo la desigualdad en la última década.
Una diferencia fundamental es el modelo económico. En Chile rige una economía de mercado que promueve la iniciativa privada extranjera a través de sus tratados de libre comercio y promoción de inversiones; en cambio en la economía boliviana el Estado y sus empresas públicas juegan un rol protagónico. Pero lejos de los puentes ideológicos que nos separan, tenemos estructuras productivas parecidas. El sector extractivo ocupa un lugar importante en las exportaciones. La minería del cobre representa el 45% de las exportaciones chilenas; mientras que en el país el oro, la plata y el zinc representan el 32% de nuestras exportaciones. A diferencia de Bolivia, Chile no tiene gas y debe importarlo a precios internacionales; pero irónicamente terminamos importando diésel y gasolina de aquel país. También importamos vinos chilenos, pescado enlatado, concentrado de bebidas, frutas y medicamentos; mientras que le vendemos soya.
Fuera de las divergencias económicas, tenemos también diferencias demográficas importantes. Con una población de 17 millones (6 millones más que Bolivia), el mercado chileno es mucho más grande. Pero podría recortarse porque Bolivia cuenta con la tasa de crecimiento demográfico más alta de la región (1,5%), mientras que Chile, una de las más bajas (0,8%); lo que ha impulsado a la apertura creciente de las fronteras chilenas al ingreso de migrantes, entre ellos bolivianos. En cuanto a la esperanza de vida, en Chile es de 79 años, 10 años más que en Bolivia. Pero por bueno que fuera, representa un enorme desafío previsional para el sistema de pensiones chileno.
Al margen de las diferencias, existen muchas complementaciones entre ambas naciones. La historia nos separa, pero los intereses económicos siempre nos unen.

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martes, 27 de marzo de 2018

INVESTIGACION EN EDUCACIÓN

Los desafíos de la educación boliviana



Según el Gobierno, la educación fluye sin problemas y, a más de algunos aspectos administrativos, no habría que preocuparse, pero la realidad es otra; la educación no está apalancando el desarrollo del país; la inequidad educativa no ha sido superada; la ley A. Siñani-E. Pérez no ha consolidado una educación de calidad acorde al avance de la ciencia y la tecnología; se sigue confundiendo educación con instrucción enciclopédica o escolarización con aprendizaje. 

El razonamiento, la investigación, la programación y/o el estudio virtual no son moneda corriente. En ese marco, la educación boliviana se encuentra enredada entre una concepción heredada del siglo XIX, los maestros con una mentalidad del siglo XX y los estudiantes con vivencias del siglo XXI.
Encontrar soluciones a este enredo significa encarar, entre otros, los siguientes desafíos:

a. Sintonizar educación y desarrollo nacional.

El actual modelo económico basado en el extractivismo y la informalidad no genera condiciones para que la educación aporte al desarrollo nacional; es un modelo que exige conocimientos básicos y capacidad limitada para realizar tareas simples en minería, agricultura, servicios, comercio legal o ilegal. 

El impacto de la educación en el desarrollo nacional es débil y sigue como factor funcional a un modelo económico sin visión de futuro.

Será un desafío superar ese modelo y sintonizar las políticas de desarrollo sustentables con las educativas, entendiendo el desarrollo como el desarrollo de la gente para vivir con dignidad individual y social, en un Estado de derecho, con democracia, justicia y respeto medioambiental, generando conciencia para administrar los recursos de ahora sin poner en riesgo los de las generaciones futuras.

b. Democracia y equidad

Nuestra educación está marcada por la verticalidad. El Estado decide qué, cómo, cuándo y dónde estudiar. Esa imposición expresada en la escuela, y en el aula, con fuertes jerarquías, genera malestar y angustia en los estudiantes. Esto es expresión de la ausencia de democracia en el sistema educativo, tanto en la administración como en la vida escolar. Además, no existe equidad ya que conviven diferentes tipos y calidades de educación para diferentes grupos socio-económicos. 
Así, parece haber una educación universal, pero no es democrática ni equitativa.

El desafío será trabajar por la equidad con un servicio educativo de calidad para todos los sectores sociales y desarrollar una educación democrática, no sólo en lo administrativo sino en el mismo proceso educativo.

c. Cambio de paradigmas en la educación

Nuestros paradigmas educativos devienen del modelo prusiano implantado en el país a principios del siglo XX. Esos paradigmas confunden educación con escuela; aprender con pasar de curso; y arrastran un régimen de disciplina cuasimilitar, un currículum enciclopédico como base de cultura, una pedagogía conductista que anula la creatividad y la investigación; etc. 

El eje central del cambio educativo son los/las estudiantes. El enredo señalado arriba se puede resolver alineando la concepción educativa y la mentalidad de los docentes a las exigencias y expectativas de los estudiantes y recuperando la esencia primigenia de educar (lat. educere), es decir, de apoyar el desarrollo de las potencialidades y capacidades de cada persona. Para ello será necesario cambiar varios “chips” paradigmáticos:

– Cambiar el chip conceptual tradicional de la educación. Definir un modelo pedagógico de aprendizaje personalizado con base a la cooperación, la interacción y el enfoque virtual; el aprender a aprender con pedagogías nuevas; la flexibilidad de los procesos educativos y la participación social.
Un modelo ético y humanista que desarrolla razonamiento lógico, creatividad y producción intelectual.
Comprender que, además de la escuela, existen otras instancias educativas como las TIC y desarrollar capacidades de anticipación (visión de futuro), captando los avances científicos y tecnológicos.

– Cambiar el chip organizacional del sistema educativo. Considerar un currículum fundamental, común y obligatorio y otro currículum complementario; replantear una estructura educativa flexible, acorde a las edades de las/los estudiantes y generar condiciones de apoyo educativo a diferentes niveles.

– Superar el chip endogámico. Todo el sistema educativo está administrado, conducido, evaluado y reproducido por el magisterio. Es hora de superar esa endogamia que asfixia y que impide renovación.
d. Calidad educativa y su evaluación

El sistema educativo se mueve a ciegas. No hay información actualizada y confiable que dé pautas de su calidad. Una educación de calidad tiene efectos directos en los estudiantes, en la calidad de la ciudadanía formada y en los procesos de desarrollo económico. Con base a diagnósticos, habrá que formular un Plan Nacional de la Educación, buscar un Acuerdo Nacional por la Calidad de la educación y contar con un sistema de evaluación educativa que garantice procesos serios e integrales. 

e. Innovación educativa

La educación no puede estar al margen del rápido avance científico y tecnológico y ello exige innovarla para que marche a la par y pueda influir en el desarrollo del país. Una innovación coherente que no se confunda con maquillaje. 

El Estado debe definir las pautas de una educación innovadora entendida como un conjunto de ideas, procesos y estrategias planificadas para introducir cambios en la educación. Seguir haciendo lo mismo pensando que los resultados serán diferentes es un engaño. 

Habrá que contar con un marco legal para desarrollar unidades educativas experimentales e irradiar al resto del sistema educativo innovaciones validadas. Algunas escuelas de convenio, públicas y/o privadas deberían tener ese carácter experimental, adecuadamente organizadas, supervisadas y evaluadas.

f. Formación y actualización docente

La calidad del servicio educativo está, en gran medida, en directa relación con la calidad de las/los docentes y esta relación se constituye en un importante desafío. Además de los contenidos de la formación profesional y la actualización, hay que superar la imagen del profe tradicional, portador de saberes, y avanzar para formar tutores capaces de guiar el desarrollo de los estudiantes, de orientar y manejar metodologías innovadoras. 

Ello significa, además, dignificar su rol brindándoles mejor formación, mejores retribuciones y condiciones laborales, pero también significa exigir eficacia y eficiencia en sus labores.

Los anteriores desafíos no son la totalidad, pero razones de espacio impiden detallar otros.


miércoles, 7 de marzo de 2018

INVESTIGACIÓN SOBRE EL AGUA

Alertan de riesgos por minerales en el agua potable en El Alto y La Paz

La Razón intentó conseguir la posición de la Empresa Pública Social de Agua y Saneamiento (EPSAS) a través de su Unidad de Comunicación, pero pese a las reiteradas llamadas y mensajes, no hubo respuesta.